viernes, 29 de abril de 2011

suceso


   Ahora que ya anciano quedado atrás han los absurdos temores de la juventud a la burla, al parecer un loco ante los demás y aun al desprecio, he de referir, antes que de mi reloj la postrera campanada suene y su cruel tajo sobre mí caer la Muerte deje, un suceso del tiempo aquel cuando joven y vigoroso andaba yo por el mundo, mi mundo. Tal suceso de producir en mí hubo una amargura y soledad tan profundas que quien en aquellos tiempos, tan lejanos hoy, conocíame, jurado habría que era yo un muerto en vida.

I

   Una fría noche de enero, cuando todo mundo en sus casas y ante las chimeneas trata de recuperar el calor que el invierno a sus cuerpos toma y aun en los establos los animales entre sí se repliegan cual si en uno sólo se fundieran para no sucumbir ante la crudeza del frío. Una fría noche de enero en la que el cielo guardar luto parecía por las ánimas que en el Seol moran. Fría noche sin luna, ni estrellas, ni nubes.

   Fría noche en la que por las angostas calles del pueblo una solitaria sombra vagaba; acaso una de las almas por quienes doblan las campanas en el día de los fieles difuntos penando deambulaba.

   Rumbo a las afueras del pueblo movíase dicha sombra con la mente extraviada en sus tiernos y conmovedores delirios de incomprendido poeta. ¿Cómo sé esto? La sombra era yo que, como aún es costumbre mía, salí a caminar justo en el momento en que a las vacías calles sus historias referir complace... mas esa noche escucharlas no quise y fuera del pueblo caminé, dirigiéndome al bosque guiado por, sabré jamás, qué obscuro impulso.

   Al llegar al pequeño puente de piedra que une las dos orillas del río, límite natural del pueblo, el frío comenzó a penetrar hasta mis huesos, así que en el abrigo me envolví y mi marcha continué por completo integrándome en el ambiente: el sonido del río en su desenfrenada marcha hacia el mar; el viento entre los árboles jugando y mil voces distintas produciendo, ora un lobo, ora el canto de las ninfas o la flauta de algún fauno... mis pasos con la naturaleza parecían armonizar como si estado allí hubiesen siempre y extraños no fueren.

   Embelesado, internándome seguí en el bosque, que más espeso y obscuro tornábase conforme en él me adentraba, hasta que, a la vez sorprendido y fascinado, a contemplarla me detuve, nunca nada igual había visto, como a nadie nunca hablar de tal prodigio hube escuchado.

II

   En mi casa estando ya, trataba, un tanto infructuosamente, de asimilar la reciente experiencia. Hasta ese momento, no habían mis ojos visto cosa alguna que de lejos tuviese el esplendor de lo aquella noche presenciado.

   Ahí, frente a mí, de la nocturna obscuridad en el medio y por los cantos de las lechuzas -que por aquel entonces en el bosque abundaban- enmarcada, alegremente revoloteaba, cual si danzando estuviese, una sublime criatura del paraíso: una mariposa acaso del tamaño de la palma de la mano del hombre que con tesón y esmero la noble tierra labra, una mariposa de bellas alas transparentes de iridiscentes matices que una difusa luz propia emitían. De mí hallábase a una distancia no de ocho pasos mayor, mas cuando acercarme intenté, de tropezar hube con la raíz de uno de los muchos árboles del lugar, espantando así, a esta hermosa criatura y el batir de sus alas al irse, produjo la más dulce música que jamás oído humano alguno hasta ese momento hubo escuchado, ni la más cariñosa canción de cuna por la más amorosa de las madres cantada, igualar podido hubiera la dulzura del sonido del roce de sus alas con el frío aire nocturno, sonido que parecía el de una delicada arpa de cristal tocada por etéreos dedos celestes.

   De tan fausto instante a partir, obsesivamente a visitar comencé del bosque aquella región las noches todas, con la intención de volver a admirar a la más bella creación del Señor.

III

   No fue sino hasta pasada ya una luna cuando pude volver a admirar aquella mariposa que por entonces ya como mía consideraba. Perdido casi había ya toda esperanza de volver a verla cuando, como si de la nada surgiese, su maravilloso ser a mostrarme volvía.

   De mí olvidose el tiempo y durante una breve eternidad contemplarla pude, repentinamente, en espirales, que hacia el centro del claro del bosque en que había estado revoloteando se cerraban, comenzó a volar la mariposa, para concluir sobre la hierba posándose, de mover sus alas dejó entonces y... lo demás comprender aún no puedo, preguntándome constantemente si todo no fue alguna quimera de mi exaltada imaginación juvenil producto. Vi como la parte posterior de su cuerpecillo entre la hierba, sobre la que posada estaba, enterraba la mariposa que, a la vez, se alargaba y adelgazaba, hasta la forma tomar de un esbelto tallo por una bellísima flor rematado -lo que hasta ese momento fueran las alas de mi mariposa. Así, convertíase ella de las flores en la más bella, sola, de un claro del bosque en el medio, coronando a la Creación con su existir.

   Visiblemente emocionado, febril y con el corazón con abandonar su sitio amenazando, temerosamente me acerqué a la flor en que habíase mi mariposa convertido y pude entonces de cerca contemplar aquella luminosa transparencia iridiscente que momentos antes alas fueran y en este instante bellos pétalos. Al, con mi trémula mano, rozar los pétalos con la intención de acariciar a ser tan de gracia pletórico, un destello de producirse hubo, un destello que de fuente en especial alguna no provino y, la flor en que convertida hallábase mi mariposa y que mi mano acariciar intentó, en millones de luminosos puntitos se deshizo, tristes corpúsculos que mientras por el bosque dispersábanse, como diminutas lágrimas de diamante sobre finísimas campanillas de plata golpeteando sonaban... mi alma extinguiendo a cada nota de su final melodía. Ella y su música, supe entonces, para siempre en algún lugar de mis recuerdos habrían de perderse.

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