miércoles, 13 de marzo de 2013

Elegido

El elegido... en todo sentido, agria e irónicamente adecuado... el único -en verdad- en su especie, el máximo logro del cainita, su más preciado juguete, aquel que habría de ser la piedra fundamental del orden definitivo, su puerta hacia la real eternidad, su liberación de las vicisitudes de la naturaleza y aun de las cadenas que lo ataban a un Dios que renegaba de él, que se avergonzaba de él... aquel que impertérrito, con una sola mano, apartaría la lanza del arcángel para destronar al caduco y decadente fantasma que se enseñoreaba de la Creación... aquel que en vez de alfa resultó omega... el último artificio... la última mentira... el último pecado.

Pocos vestigios -si no es que soy el único- quedan ya de un pasado pretendidamente glorioso, pretendidamente trascendente... aberrante en realidad. Tan solo ya la muerte -una muerte real, horridamente tangible, densa y omnipresente- habita este lugar, incluso el sonido se ha ido y una sorda, azoica y fatal inercia envuelve a esta otrora ubérrima tierra, actualmente en acelerado proceso de pulverización... ni siquiera viento alguno a mis partes al resquebrajarse, en su asaz desesperantemente lenta desintegración, su erosiva caricia brinda.

Jamás creí que sucediera así, siempre imaginé una deflagración súbita, una especie de holocausto atómico que extinguiese toda posible existencia sin la posibilidad siquiera de un invierno nuclear que esperanza alguna diere al hipotético sobreviviente... las razones que al respecto puedo dar van desde las más imbécilmente infantiles -como el karma o Dios- hasta las más delirante y pomposamente racionales -teorías de caos, entropía y relativas singularidades. Mas, ¿qué podrían ahora importar tales elucidaciones?, ¿qué podría incluso importar o acaso significar el inexplicable girón de conciencia aún aferrado a esta imposibilidad científica, a este protervo extravío tecnológico?... la más ácida broma se cierne sobre la soberbia de la descendencia de Adán el pusilánime, he aquí que conmigo desaparece todo indicio de la vida que alguna vez albergó este, ahora, sidéreo cadáver...

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In principio erat Verbum, et Verbum erat apud Deum, et Deus erat Verbum. Hoc erat in principio apud Deum... y, al parecer, ahí se quedó... la más preciada creación, aquella hecha a imagen y semejanza de su creador, aquella cuyo hálito en sí albergaba, resultó la más patética, absurda y horrenda de las marionetas, un espantajo sin voluntad siquiera, una lastimera bestezuela que jamás paró de lloriquear, ni en este momento -el postrero- incluso...

Con su primera mujer mientras en él no habitaba alma alguna, parasitándola, no siendo de ella sino un inmundo apéndice, un lastre, una maloliente excrecencia que finalmente habría de ser extirpada, denotaba ya su ulterior carácter, la única y verdadera herencia que a su descendencia toda dejaría. Ciertamente incompleto, era ella quien le prestaba su esencia.

Dada su crasa incapacidad para dominar a su primera mujer y, desesperando de copular con cada hembra de las demás especies que ante él se presentaba, clamó por una adecuada para su constitución -ya Lilith se hallaba en las ciudades de la costa marina- y he aquí que el todopoderoso se mostró en su más absurda lenidad y dio a su monigote una compañera de él mismo formada... para que no tuviera problemas con ella... nuevamente, el Pusilánime demostró de qué estaba hecho y su falta de voluntad provocó su propia caída, no obstante haber culpado a su mujer.

Fue en su primogénito en quien se desarrolló toda la fuerza que la estirpe anunciaba, toda la majestad y sublime carácter que su origen divino le exigía. Trabajaba la tierra con bravura, con viril vigor, pagando gustosamente, con verdadero coraje, el tributo que la lasitud de su padre hubo de merecer. Mas claro estaba que el risible intento de divinidad que sobre ellos campeaba, gustaba de la mariconería y la debilidad, del derrotismo, de la sumisión... así fue que gustaba más de las escandalosas muestras de hipocresía y afeminado sometimiento con que Abel impúdicamente se le ofrecía.

Tan insoportable fue el asco, tan mayúscula la incredulidad, tan aplastantemente desoladora la decepción, que su magnánimo espíritu no tuvo otra forma de lavar tales atrocidades que mediante el primero de los asesinatos... imaginad el terrible sufrimiento, la insondable soledad que tuvo Caín que soportar durante ése, el más sombrío de los trances.

Lejos de comprender la magnitud del sacrificio, Adonaí, el idiota, desterró a nuestro padre. ¡Cómo habría podido el Idiota comprender!, si era el principal promotor de la molicie de sus engendros... un padre amoroso... si el infeliz cobarde no dudó en cebarse en la aún aferrada humanidad de aquel solitario ser, cuya anatematizada existencia, estoica soportaba su exilio, que con el transcurrir del tiempo resultó su propia gloria, su grandeza y corona. Uno tras otro, le fueron enviados cuatro mensajeros con el mismo mensaje y la misma amenaza. Arrepiéntete o serás maldito. Cada maldición no resultaba sino una nueva cumbre que conquistar, la debilidad ante el fuego, la vulnerabilidad ante la luz solar, la traición recurrente... la sed de sangre. ¿Habrá alguna vez el Idiota comprendido que con la sangre de su hermano lavaba Caín la vergonzante mácula de su indolente raza?

Ya de Lilith había aprendido los rudimentos de las posteriormente llamadas disciplinas. En su errar llegó a la Primera Ciudad, donde dio origen a la Segunda Generación, los únicos con derecho real a ser llamados cainitas. Después de esto, Caín desparece de la historia... aunque quisieran algunos imbéciles hacerle aparecer en la Segunda Ciudad maldiciendo a su estirpe... como si fuera posible que encarnase la estupidez del Idiota.

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El resto, suele decirse, es historia de sobra conocida, ya Caín en Enoch había mostrado el delicado y fino arte del ejercicio del poder tras el trono. La historia que los hijos de Noé refieren como propia, no es sino el resultado de las finas artes de la manipulación desarrolladas por el Primero de la Estirpe. El ganado jamás se dio cuenta a qué oculto poder respondían las vicisitudes de su vida social, económica y política... al menos no, sino hasta muy tarde en la historia de esa misma humanidad, de hecho, al principio de su final.

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Nací durante la primera mitad del s. XVIII, concretamente en 1735, en la Inglaterra previa a la Revolución Industrial... tuvimos mi hermana y yo una infancia tranquila, nos criamos en Bibury, Cotswolds, vivimos la transición y el éxodo de la era agrícola a la industrial y del campo a la ciudad, a la que nuestra familia fue sin necesidad real, tan solo por la expectación generada en nosotros por la noticia de la nueva y prometedora forma de vida en las ciudades. Queríamos ver aquellos maravillosos -casi mágicos- ingenios de los que tan inverosímiles descripciones se hacían. Yo tenía al respecto -no puedo negarlo- un miedo cerval más o menos bien disimulado mas, Emilie, siempre protectora, además de omnisciente sobre todo asunto conmigo referido, subrepticiamente me reconfortaba y hacía que el terror de enfrentarme a esos monstruos artificiales se extinguiera como las turbaciones de las pesadillas al amanecer... siempre fue ella así para conmigo, desde que nacimos.

Doblaban las campanas de la iglesia -la más antigua iglesia sajona de Inglaterra- de Cirencester Abbey, un monasterio agustino erigido en 1117 y Disuelto sólo cuatro años después de nuestro nacimiento -éramos gemelos. Doblaban, pues, las campanas de Cirencester anunciando la sexta, mientras desesperadamente luchaba por no quedarme solo, fuertemente aferrado al tobillo de mi hermana durante nuestro alumbramiento, tal pareciese que desde el seno materno temiera yo, con toda la fuerza que a la naturaleza le es dado manifestar, a la algente soledad.  No dudo que desde que estuvimos formados, asido a ella transcurrió el resto de nuestra gestación, la muy leve deformación de su maléolo así lo atestiguaba. Igualmente asido a ella de sucederse hubo nuestra niñez, era como si yo fuera la pequeña y ella el varoncito, llegaba incluso a defenderme de los demás mozuelos. En cierta ocasión, contando historias de fantasmas junto a las ruinas de un viejo molino, reputado como encantado, a la vera del río, un par de muchachos, los más grandes del pequeño grupo de contertulios, me retaron a entrar al molino... solo. Ante mi tácita negativa rompieron en acres burlas contra mí; sin decir una sola palabra, mi hermana se encaminó hacia el molino ante la estupefacción de la párvula concurrencia y con el malicioso regocijo de aquellos dos, ya adolescentes. Tintaban ya la tarde los últimos rayos de un agónico sol estival, dibujando siniestras siluetas por doquiera la vista posada era, a la vez que una refrescante -aunque de ningún modo tranquilizadora- brisa, batía los desvencijados resguardos de las ventanas de aquella construcción, no bien perdimos de vista el perfil de Emilie, cuando aquellos estúpidos desaforadamente gritaron afirmando que el fantasma había aparecido tras mi hermana.

Fue el único grito que de ella escuché en toda mi demasiado extensa existencia, un grito producto del más profundo y súbito horror que a un pequeño puede escuchársele, un grito que hizo correr espantados aun a los petimetres aquellos y produjo en mí una alteración de conciencia muy cercana al desmayo, envolviendo la -en realidad apacible- escena, en una atmósfera de -si en aquellos tiempos hubiesen existido los términos- relativista surrealidad. Tras una vesánicamente eterna brevedad, salió me hermana del molino, venía lívida, violácea, su demudado rostro expresaba lo indecible, lo que sus grisáceos labios se negaban a pronunciar... lo que su tierna y fija -aunque ausente- mirada parecía aún percibir. Fue hacia mí y, tomándome de la mano, sin articular palabra alguna, me llevó de regreso a casa... jamás osé preguntarle qué había sucedido. Mas, con cada nuevo horror que de presenciar posteriormente hube, se incrementaba la ferocidad con que la conciencia me reclamaba aquella suerte de autoinmolación que en mi lugar ella hiciera.

Tan solo en una ocasión más llegué a percibir en mi hermana un ánimo al de aquella ocasión semejante.

Regresábamos de la fábrica en que tras nuestro arribo a Londres trabajamos, presas del furor industrial que ya refería, cuando, al doblar la esquina de una de las asquerosas calles por donde caminábamos hacia nuestro hogar, dos extraños tipos nos cerraron el paso, uno de ellos, especialmente repugnante, no tanto por su físico -extremadamente delgado y de un tanto anormalmente largas extremidades- como por el atroz cinismo y depravación que su talante indecentemente revelaba, con la aviesa y torva mirada señalaba a Emilie mientras su compañero, sin duda alguna, un burgués, asentía con displicencia, en tanto que una terrible algidez de mí se enseñoreaba al sentir cómo la mano que durante diecisiete años en todo momento me guio, simplemente soltaba la mía. Muy bien sabía lo que sucedía, nuevamente, como nunca dejó de hacerlo, a sí misma por mí renunciaba. Lenta pero resuelta y majestuosamente, hacia el tan ignoto como terrible patíbulo se encaminó, mientras el aparente caballero la mano, en un obscenamente repulsivo a la vez que finamente hipócrita y ruin gesto le tendía. El deforme babeaba. En esa ocasión no pensé, simplemente me arrojé al suelo y así fiera, estúpida y desesperadamente así su tobillo.

Jamás conocí el honor, la dignidad. Cuando eres un despreciable ser sin voluntad propia; cuando el sostén de tu vida depende de las migajas que los demás van distraídamente tras de sí dejando; cuando la luz de la realidad inmisericorde abrasa la desnuda piel de tu propia conciencia y no hay mayor reacción que la de esconderse en la aparentemente segura obscuridad de la sórdida y negligente autoconmiseración, en espera de al menos unas gotas de lástima que alguien -o al menos algo- derrame por ti, sabes -muy bien lo sabes- que tan solo arrastrándote logras satisfacer tus mediocres y tímidos trazos de lo que podría ser un deseo... aunque, a la misma funesta vez, dejas la puerta abierta para que los demás hagan lo que su antojo contigo les dicte...

Tal fue la razón de mi reacción... tal fue la razón por la que decidieron llevarme también con ellos... tal fue la razón de la vergüenza y profundo pesar de mi hermana. Tal es la razón de mi propio asco.

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A todo pareciese adaptarse perfectamente cualquier ser inerte, nada de lo que atrás quedaba llegué a extrañar, tan solo sordo y brutal coma anímico. Absolutamente por nada tenía que preocuparme... ella sin duda lo solucionaría.

Fue así como transcurrió la inmensurable -en verdad- sucesión de los tiempos. Al establecimiento de los medios de producción mecánicos, sucedió la automatización de los mismos y a ésta, la creación de los ambientes informáticos... todo bajo la atenta observación -y en no pocas ocasiones, dirección y aun operación- de la Estirpe, siempre fue como dejar rodar una pelota y seguir su trayectoria, rectificándola algunas veces, otras deteniéndola... algunas más destrozándola, aunque más por mero aburrimiento que en realidad por interés... que son tan solo los chiquillos quienes resultan apasionados... una mera pervivencia de sus días como ganado. ¿Cómo de otra manera podría ser? Ante la perspectiva de una tan excesiva longevidad incluso los más poderosos lazos terminan carcomidos, cuando no definitivamente rotos. Con el transcurrir de la misma eternidad se diluye hasta la más ardiente pasión. ¿Cuál, si no ésta, podría haber sido la causa del letargo en que sumidos los Antiguos intentaron a salvo mantenerse del tedio de estar perennemente consigo mismos?... aunque suponga entonces el tedio una pasión en sí y aun yo mismo una negación de mi propio postulado.

En esta absurda puesta en escena de proteica escenografía, tan solo el guion constante se mantenía: la siempre creciente avidez, la insaciable voracidad... y en tal corriente trataron de inducirnos... en realidad... de inducirla, yo siempre fui un mero apéndice sólo en ocasiones útil, como medio de control, de persuasión. De tal suerte pretendieron modelar su alma, transformarla.

Tan diversos como indeciblemente inicuos y retorcidamente abyectos métodos de corrupción fueron en ella aplicados, ensayados, creados... el Idiota mismo, el llamado Jehová, no fue tan artero con Nuestro Padre, mas, ante cada nueva humillación, sometimiento, ardid, tortura, más resplandecientemente triunfante, majestuosa e irreductible se erigía... siempre supe que debía hacer algo -más bien, siempre quise hacer algo-, mas, hubiese o no estado yo ahí, en nada las cosas habrían sido distintas... corrijo, si no hubiera yo existido, si jamás hubiese yo existido, Emilie... Emilie.

Ni la más leve sombra de envilecimiento asomó jamás en su ánimo, la única posible lobreguez en su tan dolorosamente breve existir fui yo mismo.

En fin, fue precisamente esa tan desmesurada ambición ya señalada, la que, finalmente, de su algente exilio en los insondables abismos a la Sierpe liberó.

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Era el último cuarto del s. XX, el estúpidamente irrefrenable aumento de la población mundial y la asaz característica lenidad humana, con todas sus necesarias consecuencias, tornaban cada vez más conflictiva, por no decir imposible en todas sus facetas, la existencia... la presencia de los hijos de Noé resultaba un muy real y el más violento e ineluctable de los riesgos que la amenazaban... y ninguna de las dos grandes sectas estaba dispuesta a hacer directamente algo, como tampoco se habían consumado -distando aún infinitamente su hipotética realización-, los sueños de Verne, Wells y toda su comparsa. El año 2000 se encontraba tan ridículamente cercano y el desarrollo tecnológico verdaderamente útil se hallaba tan desoladoramente lejano que incluso los espíritus más imbécilmente optimistas crudamente truncadas veían sus fantasías fenecer.

No obstante ello, una descomunal brillantez -a fuer de por completo idiota y carente de sensatez-, en un demasiado obtuso remedo de mente, como solución habría de germinar.

La idea -finalmente, toda representación mental lo es- era puerilmente sencilla y... hasta parecía lógica... tanto como la que provocó la muerte a la gallina de los huevos de oro.

Literalmente exprimir al ganado para que rindiera todo lo que le era dado en el menor lapso de tiempo posible, reduciría el daño por éste causado... ¡era tan simple que muchos se asombraron de no haberlo pensado antes! Aunque la realidad era que resultaba tan grosero, tan basto que nadie había tenido la desfachatez de verbalizarlo... nadie sino, en efecto, un subnormal ventrue sería capaz de proferir semejante despropósito. Claro está que el dinero y sus afanes estupidizan gravemente a quienes en ellos su solaz fundamentan.

De inmediato se puso en marcha la genialidad de sus lerdas majestades mas, ¿dónde comenzar?... en sus lerdos dominios... ¿no está claro?, en los Estultos Unidos de Norteamérica. Sabían que trastocando la economía mundial mediante la reducción de la masa monetaria, aumentando los impuestos sobre el consumo, la disminución del gasto público, la privatización, la desregulación y globalización, entre otras acciones, en un muy breve lapso inhibirían el crecimiento económico mundial, provocando recesiones, desempleo, descontento, caos... y muy probablemente, enfrentamientos armados a escala global que reducirían significativamente la población mundial... eliminando el problema de raíz. Este cretino había pasado demasiadas noches masturbándose con las páginas de Malthus.

Palabrejas como esas de neoliberalismo, globalización, macroeconomía y demás poco a poco fueron de uso común y hasta trillado, aunque en un principio, algunos retrasados las utilizaban como reproductores de audio sin realmente comprender su significado -las más de las veces totalmente fuera de contexto- para darse ínfulas de actualizados y sapientes... pobres animálculos ordinarios, menesterosos y acomplejados que escondidos tras la máscara intelectual pretendían sobreponerse a sus miserables y vulgares conformaciones caracterológicas.

Al margen de tales consideraciones, por lo demás, completamente personales y, por lo tanto atrozmente subjetivas... el maldito plan rendía los resultados esperados. La sociedad, como fue durante tanto tiempo conocida, sobre sí misma se derrumbaba, se colapsaba. Era el comienzo de lo que posteriormente habría de conocerse como el Ascenso.

Por toda la superficie del globo, principalmente la gente joven se levantaba, cansada, hastiada, profundamente indignada -decían- del sistema, las casi diarias protestas inundaban noticieros en todos los soportes posibles; se volvieron el tema de conversación obligado en cualquier fortuita o planeada reunión; pareciese que la desesperanza apocalíptica de la Europa medieval sobre todos funestamente gravitase; todos sabían que debía hacerse algo, mas nadie sabía qué y, mientras tanto, el Imperio crecía vertiginosa y peligrosamente casi al punto de la inminente explosión... el Cretino era reverenciado.

Lo inevitable sucedió. Las protestas provocaron la represión y de ésta, a los enfrentamientos armados no hubo más que dar un tiempo razonable. Gobiernos y sistemas caían.

La mecha se prendió en Islandia, donde un movimiento similar, aunque pacífico y al parecer bastante efectivo, fue traicionado por sus mismos dirigentes, quienes, fatalmente embriagados con la ambrosía del triunfo, demasiado pronto olvidaron su compromiso y burlaron la confianza de los suyos. La brutal -verdaderamente salvaje- respuesta no se hizo esperar. Ni un disforme y contrahecho Tzimisce hubiese podido infligir tal sufrimiento a su presa en su mesa de disecciones. Una turba enardecida y sin cabeza es literalmente una bestia condenada a la más inhumana -o tal vez, demasiado humana- carnicería.

Tal evento, como una densa y umbría atmósfera de desasosiego y total desahucio, sobre la humanidad entera descendió, privándola de esperanza y redención... simple y total asfixia anímica.

Con la Desesperación y el Abatimiento campeando por el mundo, el ganado se aprestaba para su cita final con el Destino...

Fue entonces que, en medio de aquel desolado panorama, a plena luz del día, públicamente y con una inusitada fiereza, dos simultáneos y vesánicamente implacables, quirúrgicos e imposiblemente efectivos ataques asolaban las ciudades de Washington y New York. La inaudita procedencia... Ciudad de México.

De inmediato, siete aviones, provenientes de diversas partes del mundo, partieron con un destino en común. Venecia. De los únicos dos que consiguieron aterrizar, uno voló en pedazos sin siquiera haber alcanzado el hangar, al segundo se le permitió esto último mas toda su carga fue expuesta al, en un par de horas, agonizante sol del Adriático... el en inexpresable extremo nauseabundo espectáculo del sarcófago abierto y su desde un inicio putrefacto y supurante ocupante burbujeando en su última agonía, la definitiva, fue comentado por semanas.

Tan magistralmente certeras acciones provocaron el efecto contrario al esperado. Una feroz contraofensiva al más ortodoxo y pretérito estilo militar que partía de San Francisco, llevó a toda una abigarrada y bizarra infantería a tomar la misma Tijuana.

El golpe moral -si cabe la palabra, que por supuesto no el concepto- fue ciertamente tremendo, nadie podía siquiera en un principio creer que tan importante bastión fuese vulnerado, el sólo hecho de pensarlo resultaba grotescamente sacrílego. El estupor inicial y la incredulidad ante lo que en el Viejo Mundo llegó a considerarse mera propaganda bélica, llevó muy lejos -demasiado lejos, tal vez- el avance de la Camarilla... Ciudad de México se encontraba bajo asedio.

Madrid fue la primera en -aunque fuere tardíamente- reaccionar. Los Cárpatos, indolentes y autosuficientes más por tradición que por naturaleza, fueron los últimos en movilizarse... y ello tal vez fue lo que motivó su sobrevivencia, porque el principal contingente madrileño partió para nunca más ser visto.

La quinta semana de asedio iniciaba, cuando, por el llamado Paso de Cortés, comenzó a emerger una descomunal -nunca antes vista ni referida incluso- masa bituminosa que, por un momento hizo creer a todos quienes la vieron, que la misma Durmiente había despertado. Demostrando una por demás inverosímil velocidad, su marcha hacia la Ciudad, inexorable el imposible engendro encaminaba. La noticia fue más veloz, aunque no lo suficientemente contundente como para evitar el inaplazable final. No bien se supo en la Ciudad la noticia, un ardiente impulso en el impuro seno de cada miembro de la Secta se fue esparciendo como diabólica y súbita Vaulderie que concluyó manifestándose en un espontáneo, atronador y enloquecedor unísono canto guerrero que a los mismos Cielos parecía desafiar con su fiera majestad.

Eso fue todo. Del resto, del inenarrable matadero; de la cruenta saña con que el Sabbat lavó la inadmisible afrenta; de los metamorfos horrores que brotaban de las innúmeras fauces de la delirante pesadilla posiblemente orgánica que directamente sobre las abisales profundidades del lecho marino su antinatural marcha realizó; de todo ello y más aun, de aquellos sucesos que incluso los locos se callan por pudor, cuenta dieron el indescriptible hedor que durante semanas anegó la región y la caliginosa asquerosidad que durante mucho más tiempo aún, por completo cubrió el campo de batalla.

Lo siguiente fue lo más sencillo, la disposición del ganado. Una mera partida de caza después del shock provocado con los recientes eventos... ¿la Sociedad de Leopoldo?, el Vaticano ha siempre mostrado la misma cara cuando de proteger a su rebaño se refiere. Paulatinamente fueron reducidos los focos de resistencia. Fue un trabajo largo, sanguinario pero relajado. Parecía el triunfo total, aunque aún estuviese realmente lejos, no éramos los únicos, los Garou y otros seres permanecían extrañamente en silencio, los fanáticos religiosos y... los Antiguos.

Era necesario asegurar la victoria antes de emprender la batalla. Era necesario ganar antes de combatir. Las ciudades se volvieron grandes fábricas de armamento e investigación bélica. Nada más era necesario, había mano de obra y los recursos eran sabiamente utilizados, el Nuevo Orden comenzaba su cristalización.

Entre los campos de investigación más prometedores se hallaban la robótica, la biocibernética y la I. A.

Esta última particularmente estaba dando, en teoría al menos, resultados alentadores. ¿Era la conciencia un mero resultado de la complejidad de los organismos que de ella gozaban?, ¿podría emularse entonces mediante nanocircuitos ociosamente complejos?, parecía absurdo el tan solo plantearlo. ¿En qué momento aparecía, cómo se desarrollaba?, ¿sería una facultad del alma?, ¿tendríamos que volver a esas infantiles argucias? Pero había una posibilidad sin entrar en bizantinas estupideces.

¿Podría acaso aislarse de su soporte biótico?, ¿grabarse? ¿Transferirse? O... una posibilidad real... podrían decodificarse sus individuales códigos y reproducirse artificialmente... ¿y la memoria, las memorias? No parecía del todo improbable el descomponer en sus elementos constituyentes el ambiente de un cerebro determinado y, nuevamente, reproducirlo.

Era demasiado confuso, demasiado irreal, demasiado cándido... no obstante ello, los experimentos comenzaron.

Ya explorado -y explotado- por los científicos humanos, el trabajo con biochips comenzó a reportar avances verdaderamente significativos gracias a las retorcidas artes de los vampyr, tales como el desarrollo de las primeras redes neuronales artificiales... orgánicas sobre un soporte de silicio. Hipotéticamente tan solo faltaba dotar a estos circuitos de dispositivos de entrada de información, lo cual fue estúpidamente sencillo mas, en el proceso resurgió la idea de decodificar la información de un cerebro para su posterior reproducción. Un excesivamente minucioso y desesperante estudio de las diversas ondas cerebrales, impulsos eléctricos, formación, emisión y recepción de neurotransmisores, conformaciones sinápticas dieron el vagamente esperado resultado.

El primer experimento exitoso, un perro con un biochip implantado en el colículo inferior. El implante contenía la información de un humano de cinco años. El perro respondía al nombre del niño y extrañamente jubiloso corría hacia el regazo de la madre del pequeño en cuanto la veía -lo extraño era cierta especie de ansiedad en el cánido. Se explicó a la incrédula madre el experimento -más que nada, para estudiar su reacción ante el hecho- y, al comprenderlo y entender que no se bromeaba con ella, quedó tal como su hijo, es decir, como el cuerpo del niño, completamente exánime, mientras el perro aullaba lastimeramente. Los tres fueron arrojados inmediatamente al molino que procesaba el alimento del ganado.

Mucho se especuló sobre la causa del estado catatónico de los sujetos a transferencia -término que el proceso hubo finalmente de adoptar-, incluso se llegó al absurdo de atribuir el hecho a una efectiva transferencia anímica de un soporte a otro. Los más sensatos afirmaban que era tan solo un estado provocado por los fuertes campos magnéticos producidos por los aparatos de lectura y codificación de la información, así como por los compuestos proteínicos encargados de la lectura del ambiente estrictamente bioquímico del cerebro en transferencia. Lo realmente cierto es que, transcurridas unas horas de la transferencia, la progresiva y acelerada descomposición del cuerpo era por completo inevitable.

La robótica podría ya contribuir al desvarío. Y así lo hizo. Estructura exoesquelética de Fullereno C80 con transmisión de impulsos... 'nerviosos' inalámbricos; sensores de temperatura, visores infrarrojos, ultravioletas... en fin, todo aquello necesario para el combate armado y cuerpo a cuerpo... inmunes, por cierto a la Fe Verdadera y por completo resistentes a la brutalidad del Garou, más fuertes que varios de ellos a la vez... y con verdadera autonomía energética, merced a la pequeña -por supuesto remplazable en caso de meramente hipotética necesidad-, casi ínfima, barra de U-235 en su interior, con una semivida de 700 millones de años.

El laboratorio estaba preparado. Yo también lo estaba. Ella estaría por fin orgullosa de mí... aunque, ¿qué mérito real habría en tenderse y dejarse manipular?, ¿no era acaso lo que siempre hube hecho? Sea como fuere... sea como fuere... ¡por fin sería algo!, aunque tan solo fuese un torvo y blasfemo experimento.

El laboratorio era un simple cuarto cúbico con una base de 36 m2 en el cual se hallaban los aparatos necesarios para la transferencia -en realidad parecía la instalación de una de esas míticas Cray-1 de 1976- y un par de mesas-camilla, una para el receptor y otra para el emisor, así como una mampara... detrás de la cual... Emilie yacía al lado de su receptor. Nada dije, sabía por que estaba ahí. Nada en absoluto me sorprendió.

En tímido silencio, aparté la mampara y acerqué mi mesa a la de Emilie. Nos tumbamos y su mano tomó la mía, significaba "aquí estoy pequeño, contigo".

Entraron los ayudantes, nos inyectaron, conectaron y salieron.

La falsa Cray-1 comenzó a zumbar y a transformar el oxígeno circundate en ozono. El sopor comenzó a atenazar las conciencias, pronto estuvimos en casa, en la vieja Bibury, corriendo entre la floresta al atardecer mientras el viento, gradualmente más y más fresco, anunciaba la no muy lejana llegada de la noche, era hora de volver, ya Cirencester llamaba a Vísperas y...

... y, repentinamente, su mano soltaba la mía, y comenzaba a hablarme de ilusiones, de retornos, de construcción... de redención. Me demostraba la existencia de un alma que siempre negué, del lugar al que iríamos cuando todo terminara por fin y que de momento me estaba vedado y... y yo sólo hablaba de soledad, de nulidad... y su siempre tierna y comprensiva mirada se dirigió hacia mí por última vez.

Desperté en la misma habitación, aunque instalado en el sillón de exploraciones, conectado a varios sensores... momentáneamente amnésico. Todo estaba perfecto después del extraño 'coma' en el que casi una semana estuve sumido. Transcurriría unos días en observación, descansaría otros tantos para habituarme a mi nuevo cuerpo y recibiría indicaciones.

No sabría muy bien como describir los siguientes días. No tenía necesidad alguna de preguntar por Emilie, como nadie tenía el menor interés en hablar al respecto, al fin y al cabo tan solo representó un poco de ceniza que limpiar.

Aunque mis movimientos y percepciones me resultaban espantosamente naturales, había algo que...

La profunda soledad que inmisericorde me abrasaba, la inescrutable sima del dolor en que permanentemente deambulaba, el infinitamente agudo aguijón del desconsuelo en mí clavado, la desolación que me circundaba... ¿por qué no los sentía?, ¿tendría acaso que preguntar a mis creadores si se les olvidó ponerme un hipotálamo?, ¿lo necesitaba?, ¿un corazón acaso?, ¿un alma real? ¿No Emilie me había demostrado su existencia? ¿Fue sólo una alucinación?

Contaba yo cerca de 700 años cuando comenzó a suceder. Jamás se instauró el pretendido Nuevo Orden Sabbat, las constantes luchas internas por el poder -ridícula continuación de los juegos de manadas- lo impidieron siempre. Tampoco jamás despertaron los Antiguos y ni el tan traído y llevado Caín se apareció jamás. Las cosas siguieron igual que siempre, aunque con cada vez menos ganado. Yo no fui más que una pasajera diversión un artículo de feria que pasado el furor es arrojado al desván, cuando no al basurero.

Un crecimiento anómalo de la ya hacía siglos reseca amplitud de lo que antiguamente fuera el Mar Muerto, intrigó a un par de ociosos, quienes perecieron en el sitio después de tan solo unos días de investigación. Lo mismo comenzó a ocurrir en otras salinas, como en Pamukkale, White Sands o Texcoco, las aguas comenzaron a evaporarse, la atmósfera se desvanecía... la vida simplemente se extinguía.

No sé cuántas veces recorrí la Tierra hasta antes de estar lo suficientemente estropeado como para incluso arrastrarme o moverme siquiera. Fui testigo silente y único de la pulverización de toda obra humana. Llegué incluso a la vieja Bibury, pero tan solo hormigón y acero fue lo que en ella encontré, jamás volví a pasar por ahí... cómo quisiera ahora poder yacer ahí, decir "estoy en casa".

No sé por qué sigo consciente -¿lo estoy?-, el Uranio y mis componentes orgánicos murieron junto con la vida que habitaba este planeta. No debería yo seguir aquí... "Yo". ¿Lo había después de todo?

"Qué engaño, que terrible engaño", hubo dicho el Maestro.

Cómo quisiera en v... rzzt...

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